Los entierros de grandes personajes, suelen pasar a la historia, pero que el entierro de la pierna de un gran personaje también pase a la historia, roza el absurdo. Un 27 de septiembre de 1842, hace 169 años, México organizó unos funerales de honor a la pierna izquierda del general Antonio López Santa Ana, 11 veces
presidente del país, tal como nos cuenta Nieves Concostrina (27/09/11).
Antonio de Padua María Severino López de Santa Anna y Pérez de Lebrón (21 de febrero de 1794 – 21 de junio de 1876) fue un político y militar mexicano. Fue Presidente de México en once ocasiones. A lo largo de su larga carrera política se unió en distintas ocasiones a realistas, insurgentes, monárquicos, republicanos, liberales y conservadores. Santa Anna fue también gobernador de Yucatán en 1824. Su figura es una de las más polémicas en la historia mexicana.
Su Alteza Serenísima
Tras la derrota y perdida de la mitad del territorio mexicano Santa Anna abandonó el país después de renunciar a la presidencia que había ocupado durante la guerra. El hambre, el descontento y las pugnas políticas hicieron caer en crisis al país. Los conservadores fueron imponiéndose en la mayor parte de los estados y reclamaron de nuevo el regreso de Santa Anna.
Santa Anna era el único que había demostrado, al menos, tener la suficiente fuerza para gobernar un país tan ingobernable y que en ese momento en algunas partes estaba sumido en el caos. Así, en 1853 Santa Anna es nombrado presidente de nuevo. Carente de prejuicios e inmune a las críticas de sus adversarios, instituye una medida para obtener dinero, vende un trozo de territorio a Estados Unidos, La Mesilla.
Hizo volver a los jesuitas expulsados por los españoles en la colonia, reinstauró la Orden de Guadalupe y se hizo llamar Alteza Serenísima, a la vez que decretaba una ley para nombrarse dictador vitalicio.
En su empeño por legislar, ningún asunto político escapó de sus designios: los impuestos afectaban a los perros de compañía y a las ventanas de las casas, dictaminó el color de uniforme de los empleados públicos, construyó innumerables monumentos autodedicados por todo el país y concentró todo el poder en su persona.
Paulatinamente creció el descontento popular y comenzaron a fraguarse los planes de rebelión.
De todas las historias que conforman la picaresca vida de Antonio López de Santa Anna, una de las más célebres refiere la mutilación de su pierna izquierda, y su posterior pérdida, exequias y desaparición.
Gran organizador de ejércitos de leva pero estratega desastroso, Santa Anna se incorporó, sin ser llamado, a la defensa de México a finales de noviembre de 1838 durante la Guerra de los Pasteles, apenas se enteró que buques franceses sostenían un obstinado bombardeo sobre San Juan de Ulúa. Su estrella política fluctuaba en periodos de poder y proscripción. El desastre de la Guerra de Texas lo mantenía confinado a un indolente exilio en su hacienda xalapeña de Manga de Clavo. A los pocos días, el presidente Anastasio Bustamante lo designó comandante.
El 5 de diciembre, los franceses pisaron Veracruz y dieron batalla a los mexicanos entre barricadas. Por la tarde, recibieron la orden de retroceder, momento que Santa Anna aprovechó para pasar a la ofensiva con 200 hombres, a quienes ordenó atacar a bayoneta.
Sin embargo, no advirtió que los invasores habían emplazado un cañón en la puerta del muelle, el cual fue disparado justo cuando la columna mexicana se acercaba. La lluvia de metralla casi le arrancó la pierna izquierda, mató a siete soldados e hirió a nueve.
La maniobra funcionó: los franceses se reembarcaron. Durante algunas horas Santa Anna fingió estar en agonía, lo cual no le impidió dictar un parte de hechos con “desvergonzada exageración y tono heroico... una parrafada de casi 15 hojas”, afirma el escritor Rafael F. Muñoz. La pierna fue sepultada con honores en un jardín de Manga de Clavo.
El general triunfante se hizo llevar a la ciudad de México en litera, a donde llegó en febrero de 1839, aclamado dada su doble condición de héroe y lisiado de guerra. El 20 de marzo asumió la Presidencia, la segunda de ocho ocasiones.
La pierna fue desenterrada y reinhumada en el cementerio capitalino de Santa Paula el 27 de septiembre de 1842, en medio de un gran desfile militar y político. Carlos María de Bustamante refiere que “se hizo un brillante entierro, desconocido para nuestros mayores, del miembro de un hombre aún vivo, al que concurrió por la novedad y rareza de la función, la gente más ilustre de México y un inmenso pueblo atraído por la novedad de este singular espectáculo”.
Por entonces circularon unos versos satíricos: “Es santa sin ser mujer,/ es rey sin el cetro real;/ es hombre mas no cabal/ y sultán al parecer./ Que vive debemos creer,/ parte en el sepulcro está.../ ¿Si será esto de la tierra/ o qué demonios será?”. Santa Anna cosechaba simpatías que se trocaban de un día para otro en odios irremediables que luego volvían a ser simpatías, y así ad infinitum.
Así, con el ascenso de José Joaquín Herrera a la Presidencia, inició otra mala temporada. Olvidada la victoria en la Guerra de los Pasteles, el 6 de diciembre de 1844 el populacho sacó la pierna de El Quinceuñas —en realidad 14, porque en Veracruz perdió también un dedo de la mano derecha— del sepulcro y la arrastró por las calles de la ciudad.
Después de vivir exiliado casi 20 años, expulsado de México tras su última presidencia, regresó en febrero de 1874, envejecido y en la total ruina económica. Por su casa, en el número 9 de la calle Vergara (hoy Bolívar 14), a veces aparecían timadores que le pedían dinero, asegurando que habían sido soldados bajo su mando. Algunos le llevaron huesos o piernas momificadas; decían que era la extremidad salvada de la turba iracunda. Santa Anna murió la noche del 20 al 21 de junio de 1876. Fue sepultado en el cementerio del Tepeyac, en la Villa de Guadalupe. El paradero de su pierna se desconoce.
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